22 de abril de 2013

CUENTOS SIN RUMBO: DÍA DEL LIBRO.

LA GALLINA DE UNA SOLA PIEZA


Esta gallinita, sí, era muy maja, pero muy especial: no era de carne y hueso como todas las gallinitas de la granja, ni tampoco vivía como las demás. Su cuerpo era robusto y redondito como una redoma de cristal. Tenía una cresta roja brillante, tan brillante que deslumbraba en toda la estancia, y un piquito chato, algo desfigurado pero también muy reluciente. Sus alas, pegadas al cuerpo: tan pegadas que parecían haber sido pegadas con "La Gotita" y... ¡Pobrecita! No tenía patas, sino que su cuerpo terminaba en una especie de plataforma lisa y plana, tal vez para acoplarse a la mesita de noche donde vivía. No tenías padres, ni amiguitas con quien pasar el rato. Sólo tenía a su dueña. Era una señora muy ocupada que no tenía tiempo ni siquiera de quitarle el polvo cuando el siroco visitaba la triste alcoba de su residencia. Sólo su dueña se ocupaba de ella para hacer el trabajo para el cual estaba destinada. Todas las noches le apretaba un botoncito que disimuladamente tenía bajo el vientre y a las siete en punto la hacía despertar. ¡Qué mísera vida! No comía, no bebía como sus compañeras... Sólo se alimentaba de unas pequeñas piezas mecánicas que se albergaban en sus tripitas. Un buen día, la señora llegó tarde a su trabajo pues la gallinita había perdido sus fuerzas, no pudiendo cacarear o despertarse a la hora programada. Su dueña fue muy cruel aquel día. Creyó que ya era un trasto inútil y que por su culpa la habían regañado en el trabajo. Fue cuando pensó suplantarla aquella misma tarde por otra infeliz como ella. La agarró con rabia, sujetándola fuertemente entre sus manos largas y afiladas uñas. Entonces fue cuando ella, muy asustada, creyendo que ya llegaba su final, sintió que desde su interior se desprendían unas finas gotitas de sudor. Sus piececitas mecánicas hacían un último esfuerzo por salvarla y se oyó un tímido balbuceo, un débil y tenebroso cacareo. La señora se llevó tal susto que lanzó un agudo grito y tiró a la desdichada protagonista de esta historia al suelo. Se oyó un chasquido seco y metálico, acompañado de un tintineo que se asemejaba a trozos de loza chocando contra las baldosas frías, y así era. Este sonido y esta sensación helaron a aquel ser especial en todas las infinitas partes de su cuerpo. Sintió escalofríos y exhaló un suspiro de muerte. En el aire, se percibió un siseo espeluznante de dos objetos que saltaban, subían y bajaban ante su impávida vista, que ya nublada perdía la consciencia de su existencia. Tan solo pudo sentir en su inconsciencia un canto melodioso que la lanzó hacia el abismo. La dueña, más tarde, se arrepintió de su insolente atrevimiento al comprender que con haber cambiado dos pilas de tan sólo dos euros hubiese solucionado el problema. Ahora tendría que gastar veinte o treinta para sustituir a su vieja gallinita a la que había tomado un afecto más que inusual.
© María de la Fe López P.



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